1 de mayo de 2012

Piel

Imagina que estás a oscuras.

No ves nada. Tampoco oyes nada.

Todo es silencio.

Tu principal contacto con el mundo es el tacto. Estás sobre una superficie mullida y cálida.

Te sientes a gusto.

Tus manos tantean el aire. No hay nada a tu alcance así que decides moverte un poco. Sigues estirando los brazos y extendiendo los dedos pero no entras en contacto con ningún objeto.
De repente sientes una corriente de aire caliente en tu brazo que relaja tu piel.
Esta sensación que resulta tan agradable te hace dirigirte hacia el origen de la corriente.

Cada centímetro que ganas la cantidad de aire caliente que entra en contacto con tu cuerpo es mayor y con ésta, aumenta la sensación de bienestar, pero al avanzar un objeto duro y frío golpea tu brazo e instintivamente lo retiras.

Te has asustado y esperas con temor que algo te vuelva a tocar, pero sigue sin escucharse nada con lo que tras unos segundos vuelves a acercar la mano al lugar en que sentiste “eso”.
Tu mano lo vuelve a sentir y la retiras.
 

No parece peligroso así que vuelves a aproximarte y cierras tu mano sobre él. El objeto está frío, pero al poco de entrar en contacto con tu cuerpo se empieza a calentar de manera que enseguida alcanza tu temperatura.
Te sientes más seguro al empezar a conocer lo que te rodea así que sigues recorriendo el objeto con tus manos: es alargado, liso y se extiende más allá de donde alcanzan tus brazos.
Una vez estudiado el objeto te sueltas de él.

Todo lo que ha pasado hasta ahora ha hecho pasar inadvertida la molestia que sientes en tu estómago. El vacío que sientes es cada vez mayor, cuando de pronto algo rodea tu cuerpo y te eleva, alejándote de todo lo que te resulta conocido.
Sientes como todo gira a tu alrededor y aunque te intentas zafar los intentos resultan inútiles. La extraña presencia te maneja con facilidad pero con sumo cuidado. Su cuerpo es caliente e irradia un perfume dulce y atractivo. Llega un momento en el que estás totalmente rodeado por su cuerpo y, en ese momento, en lugar de aplastarte como temías, se queda quieto, estático.

Todo es blando a tu alrededor e incluso más cómodo que el lugar del que te ha arrancado el ser, pero no saber dónde estás te preocupa. Quieres gritar con todas tus fuerzas y cuando abres la boca algo se introduce en ella, es firme pero tierno y resulta agradable en tu boca. Con la lengua recorres su cálida superficie y al presionarla contra el paladar expulsa un líquido dulce que llena tu boca y baja por tu garganta calmando ligeramente el dolor de tu estómago. Vuelves a presionar y de nuevo fluye ese agradable líquido. Sigues así un rato más hasta estar saciado, entonces un repentino cansancio se apodera de tu cuerpo. Apartas la cabeza expulsando la fuente de tan sabroso líquido.

Cierras los ojos. Tus extremidades caen exhaustas.
Te duermes.

...

Eres un bebé.

Eres sordo-ciego.

Tu principal contacto con el mundo es el tacto.

Estás condenado a comprender un mundo lleno de texturas, olores y sabores que no está pensado para ti.

Sin embargo nadie te puede quitar la sensación de sentir el cálido contacto con otra persona.




Este es un texto que escribí hace unos cuatro años y quería recuperarlo para el blog. Espero que os haya gustado.



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